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Pese a la espectacularidad de las misiones interplanetarias, el aspecto que más
se ha desrrollado de la astronáutica es el de los satélites artificiales por las
implicaciones económicas y militares que conllevan.
Los más conocidos por el gran público son los satélites meteorológicos, como el
popular Meteosat europeo. El primero de todos ellos fue el estadounidense Tiros
lanzado en 1960 que tuvo continuaciuón en nueve satélites más del mismo
nombre. También tienen satélites meteorológicos los rusos y los japoneses.
Todos estos satélites han permitido la creación de una red de prevención de
desastres climatológicos que han ayudado a evitar la muerte de millones de
personas o a descubrir, para sorpresa del mundo, que un agujero en la capa de
ozono amenaza la vida en la Tierra a largo plazo si no se adoptan las medidas
necesarias para evitar que siga creciendo.
Otras aplicaciones de los satélites artificales se basan en la teledetección y se
aplican a gran inmensidad de campos, desde usos fiscales (cálculo de superficies
arboladas, por ejemplo) o a la más pura cartografía civil. Su funcionamiento
suele basarse en el espectro no visible de radiaciones y son la mayoría los que
funcionan con dispositivos infrarrojos, ultravioleta o de radar en distintas
frecuencias. Los primeros de esta clase fueron los LANDSAT americanos lanzados
a partir de 1972 y hoy existen numerosísimos satélites de esta clase; incluso
existen satélites que incorporan estas funciones además de las
telecomunicaciones.
Es en este campo donde más han progresado los satélites en los últimos años.
Todo comenzó con el Echo 1 que era una enorme esfera de plástico de 41
metros de diámetro donde las ondas se reflejaban entre dos estaciones terrenas.
El primer satélite de telecomunicaciones activo fue el Telstar 1 que permitió la
transmisión de señales de televisión entre uno y otro lado del Atlántico. A partir
de entonces la capacidad de estos ingenios ha aumentado exponencialmente en
el doble sentido de incrementar su capacidad hasta 250.000 circuitos
telefónicos, por ejemplo, y en el de crear redes de satélites como Eutelsat o
Astra con grandes coberturas para transmitir múltiples programs de televisón. A
este tipo de satélites pertencen los españoles Hispasat que cubren buena parte
de las necesidades de telecomunicación de España con los paises
hispanoamericanos a la vez que atiende las necesidades gubernamentales y
militares del Estado.
La empresa Motorola puso en práctica su plan de cobertura global del planeta
mediante satélites que pudiesen dar servicio a teléfonos móviles y, aunque
económicamente renqueante, el proyecto sigue en marcha.
Otra de las aplicaciones de los satélites artificiales que ha llegado hasta el gran
público es la de localización. En un principio, los satélites se usaron en la
navegación marítima a modo de faros que permitiesen a los barcos establecer su
posición mediante el satélite Transit, que iba a palidecer ante las prestaciones
del sistema G.P.S. del ejército estadounidense. Consiste en una red de 21
satélites a una órbita de unos trescientos kilómetros que aseguran la cobertura
total y simultánea del planeta. Mediante un pequeño receptor que cabe en la
palma de la mano se puede conocer la posición exacta con un margen de error
de unos 100 metros. En realidad, el sistema tiene mayor precisión: unos 5
metros pero las fuerzas armadas norteamericanas no han visto bien la
comercialización del receptor correspondiente. Para que no se olvide quien es el
dueño del sistema, durante la Guerra del Golfo, los satélites del GPS hicieron
una sombra en toda la zona excepto para los equipos de los norteamericanos,
quienes perdonaron la vida a sus aliados y les cedieron algunos técnicos y
equipos para no dejarlos totalmente desorientados y en manos de los generales
de los USA. Al margen del funcionamiento político del sistema, se basa en que el
aparato receptor siempre recibe la señal de al menos tres satélites y como estos
satélites anuncian instantáneamente su posición, al receptor sólo le queda hacer
una triangulación para determinar su posición. Sencillo ¿no?.
También existen los satélites puramente científicos destinados a la observación
del espacio exterior desde fuera de la atmósfera, evitando así la perturbación
que produce el aire (y por supuesto las nubes) en las observaciones. El más
famoso de todos ellos es el telescopio Hubble que cada día nos sorprende con la
noticia del descubrimiento de una quásar cada vez más lejano o de la explosión
de una supernova a 3000 años luz de nuestro planeta. Este costosísimo satélite
es fruto de la colaboración entre la NASA y la ESA (con un 15%) y consta de un
tubo principal de 13 metros con un espejo de 2,4 metros de diámetro. Sus
comienzos no pudieron ser más decepcionantes ya que tras su puesta en marcha
se detectó una anomalía en el espejo que lo hacía prácticamente inservible. Ha
sido necesaria una misión del la lanzadera especial para reemplazar el espejo
defectuoso y, ahora sí, obtener los magníficos resultados que el ingenio
prometía. Esisten otros satélites científicos que han tenido resultados menos
espectaculares para el gran público pero que han dado grandes frutos para la
ciencia como el IRAS, que hizo un mapa del Universo en el espectro infrarrojo y
detectó la posible existencia, por primera vez, de un sistema plantetario
extrasolar alrededor de la estrella VEga, a 26 años luz del sol.
Finalmente, todo el mundo imagina que debe haber tantos satélites militares
como civiles en el espacio pero de ellos se sabe bien poco lógicamente. Los más
espectaculares fueron los ensayos con satélites antimisiles al amparo de la
Iniciativa de Defensa Estratégica del presidente estadounidense Ronald Reagan,
quien pretendía dotar a su país de un sistema de defensa antimisiles situado en
el espacio a base de satélites armados con rayos láser de dióxido de carbono o
con cañones electromagnéticos capaces de lanzar un proyectil a más de 100.000
Km/h. El derrumbe de la Unión Soviética y el déficit presupuestario de los
EE.UU. condujeron inevitablemente a la cancelación del proyecto después de
haber consumido cantidades ingentes de dinero en estudios preliminares y en
ensayos de sistemas de armas tan sofisticados como inútiles. |
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