|
|
No es infrecuente que, de un modo u otro, los héroes de los grandes mitos
humanos tengan la facultad de volar.
Vuela Mercurio, trayendo mensajes a los dioses; vuela Pegaso; vuela Alborac, la
yegua de Mahoma, vuela la alfombra mágica de las leyendas de las 1001
noches.
En todos estos vuelos, la capacidad de volar proviene de un factor mágico o
directamente divino. En el primer relato en el que la capacidad de volar pretende
ser adquirida mediante el uso de la tecnología, el Sol derrite la cera con la que
Ícaro había confeccionado unas alas que le permitieron escapar del laberinto y
del castigo del rey Minos, protagonizando el primer picado/salto sin paracaídas
jamás relatado. Ciertamente, la tecnología de la época y la de muchos siglos en
adelante, carecía de la más mínima posibilidad de construir un artefacto volador.
Ya en pleno Renacimiento, Ariosto (en Orlando furioso) hace llegar a su héroe
Astolfo hasta la Luna en un carro gobernado por San Juan Evangelista en el
papel de Collins. Casi simultáneamente, Kepler escribía “El sueño”, una obra en
la que imagina cómo serían los cielos vistos desde la Luna, posibilidad que
todavía tardaría más de tres siglos en ponerse al alcance del ser humano. Por su
parte, Godwin escribe un cuento en el que imagina un viajes hasta la Luna en un
carro tirado por gansos salvajes y describe por primera vez lo que podría ser la
situación de ingravidez en el trayecto entre ambos planetas. Cyrano de Bergerac
describe en su novela “L´autre monde” un carro impulsado por cohetes. Cada
vez es más frecuente encontrar relatos fantásticos en los que aparece, de una u
otra forma, la posibilidad de viajar fuera de nuestro planeta o, un elemento
inquietante más, la posibilidad de ser visitados por seres de otros mundos.
A partir de la segunda mitad dl s. XIX se va a producir la aparición definitiva del
género de la ciencia ficción de manos del quien es considerado su padre: Julio
Verne. Y se le puede considerar como padre de la ciencia ficción porque, en vez
del visionario de imaginación desbordante que algunos creían ver, la
investigación de su obra ha demostrado que, además de su genio literario, tenía
una considerable base científico-técnica y que leía constantemente publicaciones
científicas de donde, mutatis mutandi, obtenía la información para elaborar las
máquinas y artefactos que permitirían a sus protagonistas llegar a la Luna o al
mismísimo centro de la Tierra tras surcar 20000 leguas de viaje submarino. Tal
vez por el hecho de aplicar los conocimientos técnicos de su época a sucesos del
futuro, sus novelas están llenas de errores flagrantes. Hoy día, a nadie un poco
versado en la técnica se le escapa que pretender alcanzar la luna mediante un
obús es tarea imposible: para alcanzar la velocidad de escape, el proyectil
alcanzaría dentro del tubo una velocidad tal que prácticamente lo derretiría; y
eso sin contar con que la brutal aceleración padecida por los tripulantes les
dejaría reducidos a una masa sanguinolenta en el fondo de la cápsula/espoleta.
En esta época se producen hechos como el descubrimiento de los “canales” de
Marte que van a dar lugar a la aparición de una nueva saga de novelas
protagonizadas por malignos seres verdes venidos del espacio para conquistar la
Tierra (maldad que no desaparecería hasta el E.T. de Spielberg).
A partir de entonces, todo vale: la cavorita, un misterioso mineral
antigravitatorio que permite los viajes interestelares; una guerra entre
habitantes de dos mundos, uno en decadencia, Marte, y otro en plena
efervescencia, la Tierra...
Todos estos relatos fantásticos empezaron a abrir la mente de los hombres y de
los científicos en el sentido de que, de una forma u otra, el camino hacia el
espacio exterior podía ser recorrido. La idea ya estaba concebida, ahora faltaban
los medios.
|
|
|